Renata

Renata es una mirada a dos aguas, entre una tristeza amilanada, dulce, y una alegría espontánea, fresca, como recién fabricada. Renata vive en el valle de las arepas y la frustración democrática, en donde las nubes color gris se instalaron desde el comienzo pagando alquiler, en forma de agua, por su territorio allá arriba, en la cima de los riscos pelados y montañas tupidas de verde que atosigan la capital, Benubia.

Renata es pequeña en estatura, tamaño que compite eternamente con su enorme actitud, alter ego de sus grandes aspiraciones. Su creatividad germina en su actitud guerrera, inconforme pero alegre. Sus ojos oscuros, dos mareas de agosto, son enormes, quizá demasiado para esa cara blanca y alargada, impoluta, sin rastro alguno de lunar, arruga o cicatriz. Esas van por dentro. Sus labios son pequeños pero inquietos. Marcan ritmo y dan pauta a sus grandes cejas que tampoco nunca se quedan calladas.

Todos los días, muy temprano, Renata entra con su pequeño coche rojo en el garaje de “la lavadora”, el conocido edificio capitalino en donde está instalada la empresa en donde ella trabaja. Su escritorio se confunde apilado junto a otros doscientos cubículos, compañeros de oficina. Renata tiene un coche rojo cereza, pequeño como ella pero muy ágil. Su coche, que es la representación mecánica de su personalidad, discurre veloz cada mañana entre las calles de Benubia, esquivando a otros coches más grandes, más lujosos, esquivando camiones y peatones, colándose y abriendo hueco. Cuando el coche rojo-cereza llega a la entrada del edificio, toma carrerilla para lanzarse con fuerza por las rampas de subida que le separan de su plaza de garaje. Frena en seco y se baja suavemente de su pequeño bólido, como a cámara lenta. Mientras sus tacones retumban en eco en las paredes del garaje, ella pasa silbando por delante de Don Gilberto, el aparca-coches del garaje, mientras le lanza una sonrisa fresca, más grande que la mañana.

– Don Gilbeeerto, bueno día. Dice con su innegable acento caribeño y su voz demasiado grave para su tamaño. ¿Le dejo la llave en la caja o la quiere en mano?
– Yo me la quedo mi amol, yo me la quedo hoy que tengo que sacar do o tre de eso auto que me dejaron ahí atravesao.

La lavadora es un edificio grande y feo que plantaron hace unos 15 años en medio de la zona financiera de Cuachabo, la zona corporativa de Benubia. Tanto el barrio como el edificio gozaban, hace no tanto, de mejor condición física y psíquica. Pero algo pasó que desde entonces la lavadora engordó, le salió grasa, tiene canas y arrugas por todas partes. Además cojea, tose, pierde pelo y tiene cataratas. Mala cosa para una construcción tan joven. Con el barrio pasa pasa tres cuartos de lo mismo, se ha vuelto un viejo abandonado, sucio, con ese olor a colonia antigua, mal aliento y pelo gris. Están hechos uno para el otro.

Con su bolso blanco, casi más grande que ella, Renata sube las escaleras eléctricas que le llevan del garaje a la planta baja del edificio. Lleva, como siempre, unas sandalias blancas con suelo de corcho y tacones enormes que le dan un cierto aspecto distorsionado, como si algo no encajara…

2 comments so far

  1. William on

    Me queued con ganas de saber Mas de Renata….

    • monsiso on

      Y sabrás más de Renata, y la madre que la parió ;o)
      Abraz, rapaz!


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