Donde todo el mundo es alguien

Sejis, Mexicano de alta alcurnia, venía, como suele venir, con una taza de café en la mano y su inconfudible caminar, esa infalible identidad visual que cada uno traemos. Entró en mi oficina con esa cara de sosiego y placer, en concesión a aquellos que acaban de regresas de algún tipo de asueto, normalmente largo. Desdibujó su sonrisa para preguntarme qué tal lo había pasado en mis vacaciones y en concreto en Roma, en dónde coincidimos Seji y yo las mismas fechas aunque sin vernos.

Le conté fugazmente de mi saturación voluntaria de carbohidratos, de los paseos infinitos en una ciudad sin tiempo, de la luz posesa que inunda la ciudad de la que se tuvo que enamorar desde el inicio, del desorden ordenado, de envejecer a lo viejo y sobre todo de la desinteresada elegancia innata propia de todo lo Romano e Italiano.

Pero luego entramos en comparaciones. Típico. Sejis también había pasado unos días en Madrid, justo después de su paso por Roma y La Toscana. Me decía entre sorbos de café “La Toscana no deja de sorprenderme, macho. Esa luz, ese encanto, ese verde. Ahora, cómo se come en Madrid eh! Joder que tapas y que vinos”. La cabra tira al monte.

Le sorprendió Madrid, le sorpendió. Aunque ya lo conocía, me comenta que no deja de disfrutar la Villa. Le llamó la atención la cantidad de inmigrantes que se ven en las calles, pero me decía que sobre todo le sorprendió como esa masa inmigrante ha ido copando los puestos laborales más básicos de la sociedad mientras que, por defecto, el Español subió un peldaño en la verticalidad del mundo proletariado. Me hizo gracia el ejemplo gráfico que contó. Resulta que se debió cruzar con una de las “parades” cercanas al día del orgullo gay en Madrid. Me decía que con mucho orden y civismo, según él, estas manadas de “danzantes” fluían por las calles entre carcajadas y ademanes de jolgorio y que, una vez transcurrida la gran humanidad, justo detrás la cerraba un convoy de limpieza del Ayuntamiento, convoy formado por varios coches escoba y trabajadores a golpe de fregona, y todos, “absolutamente todos” inmigrantes africanos o latinos.

Sejis seguía sorprendido por el aparente nivel de preparación del personal Español en España. Su conclusión venía representada por el caso de una chica que despachaba billetes en la estación de Atocha. Chica jovén, de unos 30 años de edad que leía un libro mientras despachaba billetes para el AVE. Con la calma que le concedía la ausencia de viajeros, Sejis le hizo dos o tres preguntas que por lo visto desembocaron en una serie de buenas explicaciones y gran criterio, algo que, en las mismas circunstancias en este lado del mundo es más que poco probable.

Hay que joderse. Está claro que todo es relativo.

La clase media Sejis, la clase media que conjugada con un estado de derecho, cierto grado de honradez de la raza política y la sociedad en general (otro tema aparte), un nivel de educación pobre pero que funciona y unas instituciones más o menos fuertes. Todo lo anterior escasea en México, lo cual no quiere decir que no haya un sector político que busque un buen empujón al nivel democrático actual. “Habelos ailos”.

“Es increíble tío, allí todo el mundo es alguien”.

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