El sosiego de la emoción

Después de tres años en la posición en la que Ixio trabajaba en Sustempt Inc., ya era momento de buscar un cambio. En sus tribulaciones mentales, a eso le sumaba los casi doce años que llevaba en el país naranja. Quién se lo iba a decir a él. Lo que había empezado como un arrebato de aventura con fecha de caducidad (dos años), había continuado por derroteros insospechados y llenos de sorpresas. Nunca había puesto un pié en el país naranja; no tenía amigos que vivieran allí ni mucho menos familiares, sin embargo, la brecha inicial con la que había logrado “entrar” en ese país (….o quizá el país había entrado en él) se había ido abriendo a tal punto que llegó a pensar que el resto de sus días los viviría allí, tintados de naranja.

Pero lo inesperado ocurrió hacía tres años, cuando conoció a Airun de la forma menos esperada y gracias a su mejor amigo, Tito. Esos eran años en los que tanto Ixio como sus amigos, casi todos solteros, habían alcanzado un punto de saturación y cansancio hacia esa sociedad…y quizá hacia el país en general. Como extranjeros, no era fácil empatar con un autóctona, con una local. Al contrario, la experiencia dictaba que la cosa debiera ser complicada y que, además, los intentos previos no cuajaban, en absoluto, en cualquier brote de motivación. No era de extrañar que para muchos extranjeros trabajando en esa ciudad, capital del país, la situación fuera igualmente desesperante. A los treinta y tantos es común que el solter@ gravite en una especie de órbita un tanto solitaria y por veces muy incómoda, con tendencia a la desesperación producto de la soledad, en el amplio sentido de la palabra, que va haciendo mella en la cotidianidad del menda en questión. Bajo esta misma lógica, uno podría pensar, como Ixio, que lo mismo le ocurriría a todo extranjero fuera de su país, donde las cosas siempre son un poco más complicadas… o quizá no. Quizá es la cultura, los hábitos y costumbres del país naranja lo que hacían que, simplemente, la química no fuera fácil. No, eso no tenía sentido. Es probable que las razones fueran más complejas, con coctelera de argumentos con dejes antropológicos, sociales, psicológicos e incluso históricos ¡Que coño! Pero el caso es que eso era lo que había, y había que comérselo.

De repente, de forma inesperada, había conocido a Airun. Aquel había sido un buen fin de semana en la casa del lago. Gente nueva, algunos incondicionales y buen ambiente en general. Allí, en aquel momento, en aquella tarde, con las montañas tupidas de bosque inundando el horizonte, espléndido, se había fijado en ella, en un particular momento que además, por alguna razón extraña, había captado con su cámara mientras disparaba algunas fotos para hacer memoria de aquel fin de semana.
Aquel instante capturado al azar era, por otro lado, algo sencillo. Un simple momento, un momento desnudo, en su esencia. Una pose. Un guiño. Un pellizco al tiempo. La luz. Ella, mientras mostraba su cara a sol, con su cuerpo de perfil, como diciendo “esto es y no será más, para ser siempre”. Allí, de pie, con una agradable luz, Ixio había captado, desinteresadamente, aquel instante. Fue como si hubiera destapado un frasco de cristal, de esos en los que venden alubias en el súper con tapa blanca, lo hubiera agitado al aire como queriendo cazar moscas y, una vez cerrado, pudiera ver dentro de él un momento inexplicable, un átomo sorprendido por la emoción, pero en extraño sosiego.

Pero eso fue sólo un mágico momento más. Los cambios muchas veces no se perciben, hasta que algo hace click, y ese click se oye o se ve. Se siente. Puede darse el caso de que un click venga acompañado de otros, como en racimo. Click….click….click….

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