“Bienvenido a Bogotá, Doctor”

El momento de trasladarse al aeropuerto suele venir impregnado de varias sensaciones con matices referentes al periplo que uno está a punto de iniciar. Aunque en mi caso viajo bastante al año (unos 8-10 viajes en Latinoamérica), la ecuación queda descaradamente desbalanceada hacia el tipo de viajes de trabajo.

Otra afirmación válida sería decir que cada viaje esconde un dosis inevitable de sorpresa, siendo este factor el que irónicamente suele condimentar con más sabor la experiencia de viajar, marcando la memoria con esos guiños difíciles de olvidar. Unas veces es la buena fortuna la que nos acompaña y otras es la incómoda inercia negativa, que pareciera presentarse para acompañarnos hasta el final.

Una forma de iniciar un viaje, especialmente de trabajo, que no disfruto en absoluto, es cuando tengo que partir al aeropuerto por la noche, sobre todo si es Sábado o Domingo. En esos casos, que ya he vivido en muchas ocasiones, me invade una densa nostalgia, una morriña que puntualmente se presenta incluso horas antes, cual preludio inevitable.

Este último viaje a Bogotá, Colombia, la semana pasada por cuestiones de trabajo, me tuvo “felizmente” ocupado en el avión varias horas (México DF-Bogotá es un vuelo de 5 horas), tiempo que me sirve para responder mails, leer y hacer tareas pendientes. El vuelo de Mexicana lo cogí en la Terminal 1 del Aeropuerto Benito Juárez del monstruoso México DF. Mi avión salió a las 2:30 PM y llegó a Bogotá a las 8:30 PM hora local (la capital Colombiana está una hora por delante del horario Mexicano). Durante esas cinco horas de vuelo me terminé, en unas dos horas, el fantástico libro de Jim Collins “Good to Great” con el que ya venía clavado desde hace unos días, y en el tiempo restante contesté a unos 30 mails que quedaron listos y empaquetados para ser disparados en cuanto me conectara a la red al llegar al hotel esa misma noche.

Al volar en “Monkey Class”, también conocida como “Turista”, “Clase Económica” o “Pollo-o-Pasta”, padecí algunos de los detalles propios de este reducido e incómodo habitáculo en el que, dependiendo el tamaño de la “lata”, viajan alrededor de 150 seres humanos quienes compartimos, queriendo y sin querer, todo tipo de experiencias, ya sean audiovisuales, físicas y olfativas entre otras. Eh aquí algunos clásicos ejemplos:

– El pasé de fotos digitales en el ordenador portátil que el menda que viaja delante de ti está, emocionado, compartiendo con su vecino de butaca. Inevitable no echar un vistazo!
– Los, como no, desagradables gases del alguno de los vecinos colindantes. Muchas veces es difícil detectar si es la humanidad de delante, la de atrás o la del otro lado del pasillo quien está compartiendo sus adentros con todo el vecindario.
– El aliento del ser humano sentado a tu lado, que le da por hablarte intensamente de algo que no podría ser más remoto o frío a tus intereses y ánimo del momento.
– El sobaco moribundo de la madurita pseudo jipi que viene de algún destino de playa o ciudad, vistiendo la clásica camisa sin mangas y con evidente escasez de desodorante.
– El gordo o la gorda que, embuchado en su butaca de 50×50 sufre doblemente por que 1) físicamente no entra en la butaquilla ultra reducida en pro de la eficiencia de la aerolínea y 2) sabe que con sus sobrantes físicos está dando el viaje al vecino de a lado.

Una de las situaciones más incómodas que experimenté en estos años de viajes continuos, fue durante uno de los vuelos nocturnos de México DF a NY, conocido en USA como “red-eye flights” en el que, un domingo por la noche viaja en “Pollo-o-Pasta” en el asiento del pasillo. No debía de faltar más de media hora para aterrizar cuando las azafatas (me hace gracia el término “aeromozas”, como se les conoce en algunos países de Latinoamérica) ya recogían las bandejas de la cena y los múltiples vasos de plástico con los sobrantes de líquidos, babas y brebajes de toda la manada que ocupábamos el avión de American Airlines aquella noche. Yo iba incómodo pero concentrado en la lectura de los documentos que me ayudarían al día siguiente a hacer la presentación, misma que, dicho sea de paso, algo nervioso me tenía. En ese momento, cuando la azafata pasaba a mi altura recogiendo con prisa los remanentes de la cena y líquidos ya mencionados, noté como un choqué desagradable de frío y olor invadía brutalmente mi espalda, cabeza y frente, salpicando restos descoloridos de texturas y sustancias la mesa desplegada y los papeles que sostenía en mi mano.

Inmovilizado, traté de asimilar el momento y de procesarlo de la manera más racional posible. Tarea complicada. Me costó varios instantes entender de que se trataba esa mala broma. Inmediatamente, la vetusta y apática azafata de AA (creo que las veteranas intercontinentales de Iberia siguen superándolas) se abalanzó sobre mi deshaciéndose en disculpas y lamentos en inglés, mientras me “secaba” con algunas servilletas de papel que movía frenéticamente buscando los múltiples charquitos de líquidos que se repartían en distintos recobecos de mi geografía.

A pesar “del mal trago”, una de las pocas cosas que siempre me ha encantado de la acosante cultura comercial “gringa”, es su sentido de servicio y satisfacción al cliente, mismo que suele ir acopañado de algun buen gesto o remedio diseñado para recuperar la confianza del cliente, cosa que jamás ocurrirá en otros países que presumen de saber vender y venderse.

En esta ocasión, en mi viaje a Bogotá, no ocurrió nada que se le parezca, a pesar de que por supuesto también viaja en “Monkey Class”. Quiero aclarar que las políticas internas de T&L (Travel & Living) de la multinacional para la que trabajo, dictan que únicamente podemos volar en clase “Ejecutiva o Business” cuando se trata de un vuelo superior a las 8 hrs de duración. Como dice un buen amigo argentino “¡Chupáte esa mandarina!”.

A pesar de que en los últimos tiempos he viajado unas 4 veces al año a Bogotá, no deja de sorprenderme el aeropuerto tan escaso y de tercera división que tiene este importante y atractivo destino regional.

Una vez, el avión conecta con el finger y uno empieza a la procesión para salir escupido a la capital del país, las etapas a superar son estas:

– El primer paso es la procesión de viajeros que se agolpan en el obsoleto y estrecho pasillo que serpentea en bajada hasta arrojar a uno a la zona de acceso a aduanas nacionales.

– El acceso a migración es también un habitáculo más bien escaso y acordonado, en donde, si uno no viene adelantado al pelotón de transeúntes, suele pasar bastante más tiempo del deseado hasta llegar a la siguiente prueba.

– Cuando por fin llega el momento de presentar el pasaporte en la ventanilla en cuestión, uno se suele encontrar del otro lado con la jeta de malo del “oficial” de aduanas, quien suele cargar su placa alrededor del cuello con una de esas cadenas de pequeñas bolitas, propias de los Marines de las películas.

– Mientras el oficial en turno hojea de mal humor el pasaporte, sorprendido pero sin mostrarlo por la cantidad de sellos y estampas que lo inundan, suele preguntar, sin levantar la vista “¿Viene usted por razones de trabajo o turismo?”. Ese particular momento suele venir impregnado de cierta dosis de tensión, sobre todo en este tipo de países en donde las medidas de control y seguridad en estos puntos suelen ser intensas, por decir lo menos. A pesar de presentarse uno perfectamente trajeado, con corbata y con el portafolio de trabajo colgando del hombro, afloran las ganas inevitables de contestar “No, no, de turismo, de turismo”, como si las razones de trabajo fueran mejores…o menos malas. En fin, sicología del viajero.

Es justo decir que durante un tiempo, aduanas de Bogotá exigía en el aeropuerto a aquellos viajeros que aterrizaban de trabajo que presentaran una carta justificante de la empresa. Algo ridículo pero inevitable.

– Una vez se superan estas etapas, el ambiente ya se templa un poco al entrar en la última de las fases: Las bandas de las maletas y el paso final con las mismas por el scanner de seguridad, en el caso de Colombia operado por militares y sus fieles perros. El aeropuerto de la capital Colombiana tiene sólo dos cintas de maletas, con lo cual se suele armar una interesante feria alrededor de las mismas. Recordemos que lo normal es encontrarse, por fortuna claro, con otros cinco vuelos que llegan en ese mismo momento. Yo, que ya he pasado por todo tipo de sorpresitas, viajo con maleta de cabina cuando se trata de estancias de no más de una semana, con lo cual disfruto muchísimo de esa ridícula pero dulce sensación de dejar atrás a todo el mundo y ser de los primeros en cruzar “la línea de meta”, claro, sin que ello impida pasar por el obligado filtro final de seguridad operado por el ejército Colombiano, en donde el concepto “servicio al cliente” es, por supuesto, inexistente.

– Por fin estamos en la puerta final de salida. Ya sólo queda caminar unos metros para cruzar el umbral que separa literalmente la zona de tránsito para pasajeros de la zona de espera, a plena intemperie. Lo único que protege de los elementos a los seres que esperan la salida de los viajeros, es un falso techo, del estilo de las paradas de autobús pero un poco más grande. Sorprende cuando menos, tratándose del aeropuerto más importante del país.

Entre todo el tumulto que allí espera, se encuentran “Henry” y “Hernán”, el chófer y escolta de la empresa de seguridad que contrata, para este tipo de menesteres en países Tipo I (países considerados subjetivamente de cierto riesgo o inseguridad), la empresa en la que trabajo.

Siempre tan amables, siempre cordiales, me reciben con un “Bienvenido Doctor*”, mientras me subo al coche blindado que me llevará al hotel.

Pero esa es otra historia.

Buena ruta. Buen viaje.

*”Doctor” es el término formal con el que suelen saludarse en Colombia los profesionales. En México, por ejemplo, se usa mucho el concepto “Licenciado”.

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