Parada en CARACAS y Fonda en LOS ROQUES

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Siempre me brota la misma impresión al llegar a Caracas.

A pesar de que es dificil ver la foto de Chávez en las calles, su figura está omnipresente. No deja de asombrarme el alto nivel de atención que se le da a una figura que no lo merece, cuando menos no lo merece por buenas razones.

Es evidente que para los medios el personaje en cuestión vende, venta más alta incluso cuando la audiencia de este circo mediatico es un público voraz de carne poco hecha.

En cualquier caso, la ideología Chavista levanta pasiones de un lado y del otro. Mientras escribo estas líneas en la terraza en un hotel en el centro de Caracas, es noticia que la popularidad del Presidente está en sus mínimos, peor que nunca. Estas son las voces de la clase media-alta y alta, que es reconocida como la principal fuerza detractora de Chávez.

La sensibilidad de los venezolanos está a flor de piel. Cualquier comentario con demasiada “pasión” puede ser sujeto de crítica e incluso provocar reacciones alérgicas en ciertos individuos y círculos sociales y laborales. Los niveles macro económicos no hablan bien de la estrategia del gobierno Venezolano. Grandes inyecciones de capital al mercado pero con una falta de infraestructura evidente en sectores que son fundamentales para el crecimiento del país, como carreteras, construcción, educación y salud. La reciente nacionalización de la industria cementera y acerera hace batir las alas de la incertidumbre y del miedo con el “¿qué seguirá por delante?”, como pájaro de mala auguria. Se dice por las calles de la capital que Chávez no se atrevía a nacionalizar la banca por que no tenía el talento necesario para administrar esa responsabilidad tan fuerte. A la fecha de hoy, la banca Venezonala ya está nacionalizada.

La humedad es la dueña de las calles de Caracas. Estamos en el barrio de Chacao, en pleno centro de la capital y zona “bien”. La Avenida Venezuela, arteria principal que riega de actividad el centro, está a un par de “cuadras” y desde aquí se escucha el sórdido rugir que la avenida escupe monopolizando el ambiente.

Estoy en la ciudad por un par de días, atendiendo los asuntos de comunicación propios a la visita de un pez gordo de la compañía. Aprovechando que salí a recoger un paquete a un hotel cercano, me di un corto pero agradable paseo por el barrio. La hora del almuerzo lanza a la calle a bandadas de ejecutivos y empleados que se mezclan en el ambiente húmedo y folclórico del centro.

La zona, aunque es agradable y seguramente la mejor de la ciudad, está inundada de tráfico todo el día. La gente parece simpática, sonríe y camina con ese paso alegre e inevitablemente caribeño que geneticamente los acompaña. Unos visten de corbata, tratando de proyectar una seriedad que por momentos contrasta con lo tropical de lugar. Otros, aunque menos elegantes, imponen su dignidad sin el mayor esfuerzo.
Mi impression es que el nivel professional de la capital, cuando menos en la industria de primeros servicios, es más bajo que en muchos países de Latinoamérica. Por ejemplo, en el hotel en el que me hospedo, el cual es probablemente el mejor o uno de los mejores de la capital, no pueden disimular el gran esfuerzo que hacen por guardar las formas y apariencia de un nivel hostelero que en otro momento debió haber sido mucho más. Da igual como haya sido, se agradece el esfuerzo.
Miestras escribo estas notas en la terraza del hotel, sobre una añeja mesa de caoba y rodeado de verde, me visita la memoria el reciente viaje que Airun y yo hicimos a Roques, no hace tanto.

Los Roques, es uno de esos lugares que todavía juegan al escondite con el mundo. Un archipiélago paradisíaco posado sobre el caribe a sólo media hora de vuelo frente a las costas de Caracas. El lugar lo forman 42 islas agrupadas en un espacio relativamente pequeño. La isla principal, la capital del archipiélago, el Gran Roque, alberga la única comunidad de habitantes y pequeño centro turístico regido peculiarmente por una colonia de italianos llegados a la isla de forma intermitente durante los últimos 30 años.

Airun y yo nos decidimos por ese destino, después de un siempre agradable proceso de selección de posibles destinos para nuestro viaje de Semana Santa. La ecuación tiempo-presupuesto indicaba que nuestra mejor opción se encontraba en esas aguas Venezolanas de las que yo ya había oído hablar, poco, pero sólo maravillas.

Así que por fin había llegado la fecha y Airun y yo hacíamos una breve escala en Panamá, de sólo un par de horas, para llegar a Caracas solo con la intención de pasar la noche en algún hotel cercano al aeropuerto internacional Maiquetia. Al día siguiente, muy temprano, nos presentamos, algo cansados pero con una energía propia del que va camino al descubrimiento, en la terminal nacional con nuestras dos maletas y todas las ganas de subirnos a la avioneta que nos llevaría a nuestro destino final, Roques.

Aprendimos rápidamente que uno de los negocios más competidos en la terminal nacional del aeropuerto de Caracas es el cambio ilegal de dólares y Bolívares Fuertes, la moneda nacional de Venezuela. Durante las dos horas que estuvimos en la terminal a la espera de nuestro vuelo, en innumerables ocasiones nos abordaron estos pseudos piratas cambiadores ambulantes de billetes. Su estilo es siempre el mismo. Se aproximan disimuladamente, haciéndose pasar como un viajero más en transición. Se plantan a tu lado y sin mirarte susurran la oferta de cambio que manejen, mientras, de forma nerviosa y un tanto cómica, miran asustadizos en todas direcciones. No pueden evitar su descaro por mejor intento que hagan e incluso algunos de ellos, si uno no les presta la atención que ellos buscan, llegan a enfadarse.

Por fin había llegado el momento, ya surcábamos el aire denso y húmedo del caribe abordo de un turbo-hélice de no más de 20 plazas. Sobrevolábamos, a poca altura, las noventa millas que separan continente del archipiélago y en un visto y no visto, discurrían bajo nosotros los primeros islotes del archipiélago que se reparten de norte a sur formando una barrera natural detrás de la que se ampara un azul turquesa traslúcido que riega ese brote de tierra esparcido en pequeños trozos.
Aerial-View-of-Archipelago-Los-Roques-Venezuela

El aterrizaje en Gran Roque, en una reducida “tira” de asfalto constituida en pista de aterrizaje, tras una escasa media hora de vuelo, es quizá la primera gran sensación que ofrece el lugar. Creo que es la única occasion en la que, apenas aterrizar, ya estaba forzosamente pensando en el futuro despegue que días posteriores tendríamos que hacer. La nada grata exposición de un par de avionetas desgraciadas a ambos costados de la reducida pista de aterrizaje, tampoco ayudaba en absoluto. La pista del Gran Roque es una reducida tira de asfalto instalada en el extremo sur de la isla, en su parte más angosta, es decir, la pista está flanqueada por el mar en ambos extremos. Su torre de control no desentona con el folclore del lugar.Un pequeño camión con aspecto de llevar abandonado varios años la sostiene en su joroba con un pequeño fuelle mecánico que la eleva a escasos metros del suelo.

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Cuando dejábamos la pista de aterrizaje le echamos un último ojo, como quién no acaba de creer lo que está viendo, y fue sorpresa apreciar la silueta de una persona como sentada en un taburete. En Los Roques, excusado es decirlo, solo se permite el aterrizaje a vuelos diurnos.

Vale la pena mencionar que días más tarde, y ya con cierta confianza con los locales, desciframos el por que era únicamente una aerolínea es la que esos días volaba a los Roques. Por lo visto, de las tres compañías que normalmente trabajan ese recorrido, dos habían sufrido “pequeños” acidentes que las habían dejado “temporalmente” fuera del mercado debido a las inspecciones y multas de rigor que las autoridades les habían espetado. Lo cierto es que tan pronto pusimos pié en la isla, cualquier pensamiento tóxico al respeto quedó automáticamente anulado por lo imponente del escenario natural.

Ya en tierra y mientras los mozos del aeropuerto liberaban la panza de nuestra avioneta, caminamos la corta distancia que separa la pista de aterrizaje de la palapa o cabaña que hace de punto administrativo y control de entrada al parque natural, única instalación visible en todo el aeropuerto, al margen, claro, de la ya mencionada torre de control.
Una vez pagados los cincuenta dólares del permiso de entrada, una mujer se nos apróximo para preguntarnos si éramos ¨la familia López Sierra”. Elena, la dueña de la Posada Mediterráneo, en la que en principio nos íbamos a aposentar, es una mujer espigada y alta, de pelo corto, trigueño, de cara alargada y boca estrecha pero con dentadura promiente. De unos cincuenta años, Elena portaba, como buena italiana, ese gesto de elegancia innato que acompaña geneticamente a muchos latinos. No la esperábamos así que nos soprendió su grata bienvenida. Tras el saludo y cruce de comentarios de rigor, en seguida se enredó en una cordial disculpa por el infortunio de no poder instalarnos en su posada.

Una semana antes del viaje a Roques, cuando todo estaba más que confirmado, recibí en mi oficina un mail urgente de Elena en el que de forma extensa se desacía en disculpas al haberle surgido “un importante inconveniente que hacía imposible nuestra estancia en la Posada Mediterráneo”. Ella misma había resuelto el asunto de forma pro-activa al reservarnos una habitación en Posada La Cigala, lugar de confianza para ella y que resultó ser de lo más agradable.

Elena nos contaba que en los 20 años que lleva en el archipiélago, ha visto como a más italianos han ido instalándo a cuentagotas pero de forma perenne para acabar dirigiendo buena parte de las ochenta posadas que hoy en día existen en el Gran Roque. Sorprende gratamente que, a pesar del paso de los años, los Roques y en especial su único punto demográfico no sólo están muy bien conservados y protejidos como parque natural, sino que además no es un lugar , digamos, tremendamente conocido, o por lo menos como uno pudiera pensar una vez lo descubre.

Es sabido entre los locales que hay zonas en Italia donde hablar de los Roques es hablar de un destino de vacaciones tan común y “cercano” como lo puede ser Cerdeña.

El Gran Roque es una de las islas que marca el límite oriental del archipiélago. De no más de cinco kilometros de longitud y aproximadamente un kilómetro de ancho, está adornado por el único promontorio destacable del conjunto isleño. Esta colina rocosa de escasos doscientos metros de altura, tiene instalado en su parte más alta un faro blanco de aspecto betusto y rectangular que le imprime al lugar un cierto aire a lo “highlands” escocés.

El pequeño pueblo se esparce a lo largo de la playa y la arena inunda literalmente las tres y únicas calles que discurren paralelas al mar. Algunas palmeras adornan la escasa longitud litoral pero éstas no abundan en el interior de la isla, en donde la vegetación es abundante pero de escasa altura.

En la isla no hay una sola construcción que supere los tres niveles de altura y muchas de las edificaciones están pulcramente pintadas en tonos pastel de azules, ocres y rosados. La gran mayoría de las casas son viviendas de pescadores, muchas de ellas convertidas por la colonia italiana en posadas o albergues turísticos. Este centro urbano está muy cuidado y en conjunto presenta una armonía visual que encaja perfectamente con el entorno, contagiando un aspecto naturista de esencia filosófica, impresión que no excluye en absoluto a la actitud con la que viven los lugareños.

Con el paso de los días y con la maravillosa templanza que este rincón aislado del mundo imprime, el “ser¨y “estar” se endulzan de una sensación tal como si el tiempo se hubiera hecho a un lado para dejar a este archipiélago imprimir su propia cadencia, con su estado de letargo activo al que nunca se filtra un chasquido del mundo exterior. Es la gracia que tienen estos lugares. Es la falta de referencia al mundo lo que los hace únicos. Nadie opone resistencia a la mano de santo que el lugar aplica a cuerpo y alma. Es fácil perder la referencia y dejarse llevar a litorales de la imaginación tales en los que facilmente uno podría verse eternamente instalado, bajo una de estas palmeras, a sotavento de una de las dunas de arena inmaculada o remojando los pies en este azul denso y sedante.

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Cuando se habla en los Roques, el idioma italiano pareciera la lengua oficial. Sorprende ver como prácticamente todas las personas que trabajan en la isla hablan italiano. Tiene cierta gracias escuchar a los locales y pescadores venezolanos hablar en un italiano de acústica, uno diría que perfecta, que más de las veces es mezclado con el dialécto local. Así que se vuelve común escuchar al marinero de turno combinando el “que chévere” o “que fino” con el “alora”, “bon giorno” o el “aspeta Giovanni…aspeta!”.

En la capital del archipiélago, hay aproxiamdamente 80 posadas, de las cuales nuestra favorita es, sin duda, posada La Cigala. Yves y su “tripulación”, con Vicky al frente de la cocina, rigen el lugar compuesto por 8 habitaciones, una estancia comedor que se convierte durante el resto del día en sala de estar, y una escasa terraza poco visitada y desde la cual se puede ver a diestra y siniestra el siempre mar. La Cigala alberga turistas de todo el mundo con, claro, especial favor de la denominación de origen italiana.

Durante los días que Airun y yo estuvimos en La Cigala compartimos posada con franceses, italianos, españoles, alemanes y “gringos”, de todas las edades y colores, pero en todos uno podía apreciar sin mayor dificultad esa sonrisa relajada casi bobam ese mismo temple de paz y descanso. No cabe duda que el efecto terapéutico del lugar causa su efecto tan pronto pasan las primeras veinticuatro horas de estancia.

Una de las actividades que más llama la atención en Los Roques es la pesca con caña, y en concreto el estilo de pesca con mosca. Este arte yo lo conozco por mis tiempos de niño en los que felizmente acompañaba al río a mi abuelo Juan y mi padre, mañanas frías de otoño que yo recuerdo, seguramente producto de la benévola memoria, acompañadas de esa luz aterciopelada que torna a dorado todo aquello que toca; la memoria también. A mi abuelo le gustaba la pesca con mosca, arte que se practica desde la orilla, con caña mediana a larga y armada con un aperejo de no fácil diseño que el pescador agita y ondea en el aire simulando el vuelo del insecto sobre la supercie del agua, para luego dejar caer el aparejo sobre la corriente y suavemente ganarlo de nuevo hasta la orilla vuelta de carrete.

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Yo jamás había visto la pesca de mosca en mar y, menos, en un mar tan caribeño, intenso, que se antoja para cualquier tipo de actividad deportiva menos pesca con mosca. Pero por encima del arte en si, lo que realmente nos llamó la atención durante nuestro paso por la isla es la particular indumentaria de los aficionados a la pesca con mosca. Con tonos monocromáticos que buscan un improbable simil con la originalidad de los paisajes y que transmiten un no tan sexy pero evidente parecido con un Indiana Jones venido a menos, estos pescadores van encapuchados por un gorro de lona de ala ancha, camisa de manga larga con muchos bolsillos, chaleco al más puro estilo National Geographic y pantalón corto modelo cargo-safari rematado en la parte baja por unas ajustadas botas de neopreno que, por supuesto, transmiten una desesperante sensación calor y agobio. Se mire por donde se mire, el aspecto de estos apasionado de la pesca contrasta con el espíritu tropical del lugar que por supuesto obliga a la menor indumentaria posible, o sea unas sencillas chancletas, traje de baño fresquito y una toalla con palmeras o cacatúas estampadas.

Estos devotos de la pesca, se mueven a ritmo del sol y es frecuente verlos de paso por la Posada, cargados con todo su equipo y con la mirada perdida en la punta de la caña, unos 3 metros por delante, y una pseudo sonrisa típica del fanático que se considera privilegiado y que, además, no entiende como el resto del mundo no dedica su existencia a la pesca con mosca.

Lo cierto es que esa energía, ese optimismo y esa actitud afable y relajada, parece oriunda, fabricada en el lugar, ya practiques la pesca con mosca o simplemente trabajes en alguna de las cocinas de las posadas locales. Esa energía especial está impregnada por todas partes. La gente es agradable, el mar lo es todo, deporte, energía y fuente económica, elemento enmarcado por una arena increíblemente blanca, suave y fina, testamento precioso que a lo largo de los últimos cientos de años ha ido dejando el coral muerto.

Otro componente esencial es el sol. En las escasas instrucciones que recibimos en uno de los mails de la Posada, advertía que lleváramos la protección solar más alta posible. Uno piensa que con los años que lleva viviendo en el Trópico tiene la suficiente experiencia como para saber que siempre hay un golpe de exageración propio y lógico en estas advertencias también un tanto comerciales, pero bien pensadas para los pálidos turistas procedentes de frías latitudes que, blancos casi transparentes, buscan ansiosos quitarse esa capa de humedad y mutar a ese color tostado y saludable tan exclusivo del caribe.

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Sin embargo nosotros gozábamos de los años de experiencia, de muchas horas navegando por las aguas del Pacífico y Caribe, de muchos y largos momentos al sol además en casi todas las ocasiones haciendo deporte.

No había terminado nuestro primer día en Los Roques cuando corríamos, con la caída del sol, buscando protección solar, la más alta posible, en la única farmacia del lugar, en la cual, por supuesto, el precio de estos productos es proporcional a la temperatura del lugar. El sol no sólo pega fuerte sino que lo hace además coludido con la potencia de un mar traslúcido y la arena blanca y deslumbrante que generan ese efecto “rebote” multiplicando la potencia y severidad del sol.

Las horas pasaban desapercibidas, arrastradas suavemente por la constante brisa del mar y los sonidos sordos y arruyantes que te envuelven en un sano estado de dejadez que uno quisiera que no terminara nunca. Nunca hasta la hora de la comida, merienda o cena.

Cada día, antes de la cena siempre temprana, Ives, el joven y sonriente líder de nuestra posada se nos acercaba para preguntarnos si teníamos alguna idea o plan para el día siguiente. Llama la atención el orden y proceso, aparentemente sencillos pero no tan fáciles de mantener, que rige la posada Cigala. El repertorio de opciones es sencillo y puede ir desde tomar de residencia por un día alguna de las islas o atolones del lugar, hasta entregarse al submarinismo, kite-surf o windsurf, wakeboard, vela o por supuesto pesca con caña, entre otros.

Durante la semana entera que allí pasamos, nuestro plan solía ser siempre el mismo.

– Ives, hoy queremos tomar esta isla!

Y poníamos el dedo sobre el mapa en algún punto “lejano” pero diminuto dentro del archipiélago.

Al día siguiente, después del desayuno, que se solía servir entre 8 y 9 AM, y ya con bártulos en mano, nos dirigíamos caminando al pequeño embarcadero, literalmente ubicado a cincuenta metros de nuestra posada. Probablemente el único momento del día de cierta multitud, se resumía en ese lugar. Decenas de personas eran recogidas con sorprendente orden por las lanchas de sus repectivas posadas, para ser depositadas en algún lugar dentro de este oasis flotante.

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Estancia de La Cigala

En lo que a nosotros respecta, los marineros de ¨La Cigala” nos solían dejar cada día en la isla elegida. Una vez poníamos pies en aquel destino, los marineros bajaban nuestras tumbonas, clababan y abrían sombrilla y dejaban a su vera la nevera portátil, cargada de los alimentos y bebidas previamente elegidas por nosotros.

– Señores, ¿a qué hora les gustaría que pasáramos por ustedes? Ya saben que no debe ser más tarde de las cinco de la tarde.
– A las cinco está bien y si es un poco más tarde tampoco va a pasar nada, no?

Así se iban las horas en Los Roques. Al sol, a remojo, en tertulia, de paseos.

Fue sólo una semana, lapso de tiempo que hoy por hoy se confunde en la memoria presentándose como un sólo sentir de agradables sensaciones, sencillo, hecho a la medida y con un deje a sabor salado.

El mar siempre ahí, presente, generoso, entregándolo todo, dejándose acariciar en el lomo, como un animal que por momentos pareciera haberse dejado domésticar, temporalmente, al gusto del ser humano.

Sin duda podemos decir que estuvimos en Los Roques, pero que también Los Roques estuvieron en nosotros.

Buen viaje.

3 comments so far

  1. Jorge on

    Que puden informar del pesca embarcado en los roques, aqui poco y nada indican de esto, solo una linda venezolana y las Roques nada, cuando por estas latitudes se indica que esta es la capital de la pesca del Marlin
    Gracias
    Jorge

    • monsiso on

      Hola Jorge. Lamento no poder ayudarte con el tema “pesca”. Yo no soy experto en el tema ni tampoco mi paso por los Roques fue para eso.
      Aprovecho para preguntarte por que tengo curiosidad, cómo llegaste a mi blog?

      Gracias y un saludo

      Monsiso

  2. irolis on

    cuando una parete deun terreno es umedo es porque hay guna ves huvo una fuente de agua


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