Olimpio Tejada

El señor Tejada, Olimpio Tejada. Qué personaje. Vive en el sur de la ciudad, muy en el sur, a dos horas y media de su harto trabajo. Trabaja para el Gobierno pero es periodista “de hueso colorado”,como a él le gusta decir, eso si, bien adaptado a las tedias y lidias de la burocracia mexicana, hervida a fuego lento durante los últimos ochenta años en el horno del PRI y condimentada tibiamente por la democracia, recién recogida del jardín político y, por lo tanto, todavía verde.
Olimpio es periodista, no burócrata y te lo recuerda en cada oportunidad que se le presenta, o incluso si no se le presenta. Fue corresponsal en Vietnam durante la guerra, probablemente el único Mexicano que hizo tales labores bélicas por aquellas latitudes.
Cuando hay cierto nivel de confianza y orujo de por medio, Olimpio es un adepto al orujo, confiesa que aquella “misión”, como a él le gusta llamarla, no fue más que un viaje fugaz a Saigón para hacer una entrevista a uno de los mandamás del ejército gringo. Al final se quedó atrapado casi un mes, pero jamás estuvo cerca de situación bélica alguna, pero aquella entrevista le marcó por mucho tiempo. Que le quiten lo bailado. Ahora trabaja como director de comunicación social, término que adoran las instituciones de gobierno en estas tierras, para una comisión de reciente creación que tiene como objetivo arbitrar la relación entre la industria de la banca y el consumidor; pequeño pero importante logro de la democracia del país y por supuesto exhibido en la vitrina del orgullo cual rara avis entre, de momento, las escasas presas de la democracia.
El otro día hablé con Olimpio, a quien ya voy conociendo más tras varios encuentros, normalmente generosas comidas que yo siempre pago, corrijo, mi empresa paga, para crear la tan necesaria relación empática entre empresa privada, por supuesto vinculada al mundo de la banca, y este importante regulador en el país. Después de varios encuentros siempre bien regados por vinos españoles y orujo gallego, mi nivel de tertulia con Olimpio ha llegado a un buen nivel de confianza e intimidad y por supuesto buena amistad corporativa.
Nos reunimos en el Jabato, uno de sus restaurantes favoritos y por supuesto vecino de su lugar de trabajo (literalmente a tiro de piedra). Olimpio es de la opinión que restaurante en el que tengan orujo es, por defecto, buen restaurante y si el orujo viene en la típica y un tanto obsoleta botella de barro, la posta adquiere inmediatamente tres “estrellas Tejada” en su catálogo personal. Su pequeña y redonda cabeza, coronada con poco pelo, torna incluso más rojiza a medida que el vino es regado. Su boca es pequeña pero hiperactiva y de ella sale, de vez en cuando, algún resto de comida que inconscientemente escupe al reír o enfatizar algún comentario. Su cuello, escaso, se esconde detrás del enorme nudo de su corbata demodé y sus ojos pequeños y cansados se distraen continuamente sin engañar a su oído, lo cual me lo ha demostrado en múltiples ocasiones.
Eso si, antes de cualquier menester gastronómico, Olimpio se pimpla, entre pecho y espalda como “aperitivo” un par de tequilas “derechos” (sin hielo o mezcla alguna), por lo general Cazadores, su marca predilecta. Hacia los postres, lo rojizo de su tez tiende a aumentar de intensidad, transmitiendo una sensación de sopor contagioso. Por supuesto, los dos o tres orujos con los que cierra su repertorio no hacen más que empeorar la sensación (aunque no dudo que él lo experimente como “mejora”). A esas alturas de la comida, Olimpio suele manejar en diestra y siniestra cubierto y pañuelo. Con la diestra engulle y con la siniestra se seca las gotas de sudor atomizadas a lo largo y ancho de su generosa frente.
Charlamos sobre política y sus generosos personajes nacionales. Charlamos sobre gastronomía y sobre literatura y, hacia el final del postre, sobre algunas cuestiones que podrían acercarse a las razones y debacles que me animan a comer con él cada dos-tres meses al año.
Siempre me ha llamado la atención el buen nivel cultural que tiene Olimpio. La tertulia con él siempre fluye y suele abarcar temas de lo más eclécticos pero siempre pintorescos, en los que descubro que el hombre maneja una enorme cantidad de “datos duros”, como dicen los periodistas por estas lindes. En esta última ocasión charlamos sobre la creación y elaboración técnica y de estilo de un escritor….¿nace o se hace? Olimpio es de la opinión que el talento hay que tenerlo y que el resto viene con el tiempo, pero “sin talento no hay vuelta al ruedo”. Su comentario me recordaba a un artículo sobre triatlón que leía el otro día en una de estas revistas del deporte en el que se justificaba de forma científica que por lo visto el setenta por cierto del umbral físico de un individuo viene dado de forma genética y que es en el restante treinta por ciento sobre el que cualquier ser humano puede trabajar y buscar mejora. O sea, como dice Juancho, “lo que natura non da, Salamanca non presta”. Pero volviendo al tema con Olimpio, me comentaba durante la acalorada tertulia (el orujo era bueno) que ahí está el caso del famoso escritor Mexicano Juan Rulfo, quien no sólo empezó a escribir tarde sino que además sólo publicó dos libros en toda su vida, mismos que le hicieron mérito para todos los premios y galardones de la literatura latinoamericana. Sus famosos libros son El Llano en Llamas y Pedro Páramo. De Juan Rulfo, previo paso por el minucioso detalle narrativo de la literatura Rusa del siglo pasado, aterrizamos, sin saber muy bien como en Thomas Leo Clancy Jr., conocido en este mundo como Tom Clancy, autor de ni idea cuantos pero muchos libros de espionaje, entre otros títulos: La Caza del Octubre Rojo, La Suma de Todos los Miedos, Rainbow Six, Patriot Games… Me sorprendió saber que el buen Olimpio era conocedor y fan del best-seller gringo, idea no tan fácil de encajar especialmente en el hilo de tertulia que manteníamos. Cuando le dije que si no era un tanto “banal” leer a Tom Clancy habiendo sido un rusófilo empedernido durante una etapa de su vida, conociendo y defendiendo como lo hace la buena literatura latino americana, se rió a carcajada limpia y me espetó:
-Por supuesto es banal, querido, pero ¿acaso no vivimos en un mundo banal? ¿Acaso lo banal no entretiene, no inspira, no es igualmente necesario?
Y de inmediato tomó su estilográfica del bolsillo de su camisa almidonada y me explicó mientras dibujaba en una servilleta de papel:
-Mira maestro, según la analogía de Carl Sagan, por si no tienes ni idea (siempre he sido demasiado expresivo con mi cara) te diré que es un conocido astrónomo y divulgador científico estadounidense, autor del concepto “Cosmos”, convertido en serie de TV y varios libros al respecto, la historia del universo, incluyendo a nuestra peculiar raza humana, se podría representar en un calendario anual, con sus doce meses. Si el big bang ocurriera el 1 de Enero a las 00 horas, el inicio de la raza humana vendría a ocurrir el 31 de Diciembre a las 11:45 PM. Dime, mi querido amigo, si no te parece banal nuestro rastro, nuestro paso por este universo.

Cuando me subía al coche para regresarme a la oficina, asomé la cabeza para ver como discurría su caminar. Asombrosamente su compás era regular y no mostraba deriva alguna. De espaldas, entre su rojiza testa y el colgar de su traje, asomaba, bien abrazada, la botella de orujo que, traída de España una semana antes, le había entregado ese día con motivo de su cumpleaños.

Salud!

1 comment so far

  1. siro on

    Estoy recien llegado de vacaciones, mañana me lo leo, ahora le di un vistazo por encima, y si que engancha, asi que lo dejo para mañana que estare mas tranquilo y co nmenos sueño
    Siro


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