Un Mar de mente

Mar fue un estado de mente. Mar llegó con la lluvia, como diría Maqroll el Gaviero. Mar entró con su voz aterciopelada y su carácter suave, dulce, reposado. A Adelo siempre le gustó su serenidad y temple, carácter que pareciera hervido en otras vidas. Si fuera así, Mar tuvo que haber sido mujer madura, viajera, niña en mujer, vividora, apasionada y entregada a los demás, entregada en cuerpo y alma.

Un día, mientras miraba a Adelo con sus ojos pequeños y negros, le dijo, le pidió que tuviera fe, que a pesar de su insistencia en el agnosticismo él debía creer en si mismo como principal fuente de fe. Mar insistía en que la mejor fuente de fe es uno mismo y la energía que mueve cada quien. Sus palabras dejaron a Adelo pensando, pensando a ratos en ella y a ratos en la energía de la fe.

Adelo, se dejó llevar, optimista; pensó que Mar quizá tenía razón, que la fe es realmente fuente y motor, algo así como una ola larga y tendida de mar abierto a la que sólo hay que saber subirse a su lomo y dejarse llevar.

Días después de aquella conversación, Adelo paseaba disperso por el aeropuerto internacional de la Ciudad Naranja, en espera de un vuelo que le llevara de regreso a su lugar. En aquel deambular se topó, dentro del aeropuerto, con un puesto de pulseras y adornos. Uno de esos puestos que venden merchandising en favor de alguna organización filantrópica. Entre otras cosas, en el puesto vendían esas pulseras de tela que tan de moda se pusieron en aquella época. Entre todas, Adelo vio unas de color rojo, llamativas, en las que se apreciaba, en forma de dibujo infantil, las diferentes Virgencitas más queridas en el país, pero por supuesto con la Virgen de Guadalupe como protagonista. Le atrajo el color y el dibujo, infantil, fresco, inocente. Era una forma distinta de vender merchandising religioso, una forma colorida e inocente. Adelo pensó que era un paso simpático de reconocer su búsqueda interna de la fe. La compró.

Tardó días en ponérsela, pero cuando lo hizo la tuvo en la muñeca derecha durante varios meses. Cuando la veía se acordaba de Mar, de sus ojos negros y de su piel café.

Dos semanas después de la conversación sobre el tema “fe”, Mar llamó a Adelo para tomar un café y “charlar”. Del café pasaron a la cama y toda esa tarde hicieron el amor y tuvieron sexo. Para Mar fue lo primero; para Adelo, por supuesto, lo segundo. Mar se entregó con todo, gozó con todo, miró con todo, más allá de sus ojos negros. Se rieron toda la tarde y parte de la noche, hasta que Mar se fue, después de cenar sushi y charlar sobre las elecciones en el país.

Adelo la acompañó a su coche y mientras cerraba la puerta, él le preguntó si mañana iba a estar bien. Ella le dijo que no, pero que ya lo sabía. Ella le pidió cariñosamente que la llamara al día siguiente, que por lo menos la llamará sólo para preguntarle “¿como estás?”. Mar se lo pedió alegre, mirándole de frente y con una sonrisa disfrazada de encanto.

Al día siguiente, a Adelo le sonó el celular; era Mar, para pedirle que no se volvieran a ver más. “Déjame ser egoísta ahora a mi y no llamarte en mucho tiempo, hasta el día que sepa que podré hacerlo sin este sentir”. Mar se fue.

Pasaron meses y Adelo todavía pensaba en la energía dulce y carácter fuerte de Mar. Fueron varios meses de no relación, meses en los que Adelo, a pesar de sus advertencias, veía como Mar se enredaba entre sentimientos y sensaciones que previamente habían sido augurados y prohibidos por Adelo.

Ella lo tenía todo, todo lo de dentro y, sin embargo, Adelo se avergonzaba al pensar que, por fuera, no lo seducía lo suficiente para dejarse ganar cada día un poco más. Así, Mar, y sus ojos negros, nunca pudieron entrar en Adelo. Mar nunca estuvo en Adelo.

A pesar de lo vivido en aquel momento, Adelo supo con el tiempo que Mar no solo entró en él, sino que lo inundó, a rebosar, dejando un olor dulce y a marea llena, que sólo se hizo más evidente con el paso del tiempo.

Casi un año después, Adelo ya no llevaba en su muñeca la pulsera roja de las Virgencitas. Cuando lo promovieron en la empresa de cine en la que trabajaba, decidió sacársela por una absurda cuestión de imagen. Lo pensó mucho y le costó hacerlo. Pensó que sacársela era un pequeño gesto que representaba una gran traición a si mismo, a sus ideales, a su ilusión y, sin embargo, su educación corporativa le empujaba a quitársela. Un día en su despacho, a puerta cerrada, deshizo el nudo rojo y se guardó la pulsera en el bolsillo.

Sobre la mesa de trabajo en casa de Adelo hay, clavado en la pared, un pequeño marco de madera con fondo de cristal en el que se muestra la pulsera roja, tal y como si fuera un espécimen que algún día tuvo vida propia y que hoy es exhibido entre lo curioso y lo bonito. Ahí está la pulsera, toda estirada, roja, brillante.

De vez en cuando, mientras Adelo pasa horas en casa sobre su mesa de trabajo, levanta la vista para ver la pulsera enmarcada. Lo hace como para asegurarse que esa deuda consigo mismo sigue ahí, como un trofeo a la cobardía, como un recuerdo de lo que no fue y que pasaría si…

Por supuesto, sigue recordando a Mar.

1 comment so far

  1. xandetraba on

    Es un flash maravilloso de esos que nos acompañan siempre a lo largo de nuestro viaje y nos hacen dudar entre la realidad y los sueños.


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