Los sueños rasgados

Pasaban rasgados, pasando mojados, pasaban secos y duros, ásperos, solos y acompañados, todos, pensamientos que rasgaban la memoria. Ixio reposaba, de lado en la cama, mirando por la ventana un paisaje que no existía, que sustituía al cemento y negro y gris de la ciudad, sucia. Pensaba en Maria y en Paulina y en Karina y en la negra Tomasa. Pensaba en que pensar cuando no quería pensar. A estas alturas del año ya echaba mucho de menos algo. A veces pensaba…¿de qué se componían las sensaciones? y, sobre todo, pensaba si las sensaciones se podrían alterar, controlar, manipular.

Seguía pensando, en tormenta y en morfeo. Se levantaba a media noche, sin sueño. Empezaba a ser un hábito, un mal hábito del que se tenía que librar. Leía y pensaba, y pensaba, y pensaba, sin llegar a definir, sin un proyecto concreto, de esos que desde hacia años invadían sus ideas. Quería, en primer lugar, romper y salir de lo normal, de la vida habitual de ciudad, del negro, gris y cemento. Quería respirar otro aire nada sucio, donde el agua rompiera en verde o azul. Tirarse en cascada por un viento sonriente del sur o del norte. Correr olas que no saben del elemento tierra, que no saben del contraste, del final y, del otro lado, del principio consecuente. Quería escribir y leer mas, pero no sabia muy bien para que, suponía que por curiosidad. Quería viajar y dar el salto, el buen salto. Quería conocer el lugar de parto de los vientos y corrientes. Quería pasear por los acantilados de Vigrún, esos sobre los que contaban los marineros de allá que cuando una ola rompía alcanzando altura, se convertía en persona y salía caminando por el acantilado, perdida, sin saber muy bien a donde ir. Quería caminar por allá y poder hablar con una de esas personas y hacerle preguntas…”y tu de quién eres?” y “de dónde vienes” y “se está mejor allá?” Siempre preguntas buscando lo azul. Quería saber si era cierto que los faros lloran por las noches clamando al cielo. Quería encontrar una de esas botellas verdes y viejas, que llevan un pensamiento del mar atrapado en su barriga de cristal, una de esas botellas que fueron expulsadas del mar por haberle robado a éste su pensar. Cada idea,una tormenta. Quería también buscar una de esas rocas que el mar cuenta que existen, que son sirenas que antes fueron mujeres, que antes fueron niñas y viento, que antes fueron estrellas y que antes no quisieron ser damas de compañía de alguna Luna de Dios y así fueron castigadas y convertidas en rocas de orilla con forma animal, y sentir el mar golpeándolas eternamente. Así pensaba cuando no podía salir, cuando no podía dar el salto, uno de esos saltos…

Esa noche, entre vuelta y vuelta, Ixio se fue a navegar en ese barco que construyó de ideas rotas e historias a medias, atando cabos, tiñendo trapos, dándole el aire que encontraba. Hizo barco e hizo mar y salió un día de surada, dejándose llevar. Dejándose. Llegó, después de varias noches de frío, a una tierra verde y de acantilados. Preguntó y sólo eco. Gritó en silencio y sólo se oyó al viento. Así que se fue y caminó por una orilla de mar que subía y se perdía. Llegó a un pueblo y encontró a gente, gente que no hablaba y que sólo paseaba…y paseaba sonriente. Cuando al acercarse a ellos se levantaba un viento fuerte, que a veces venía de frente y otras de costado, o de atrás. Caminó a un faro que vio allá lejos. Se fue y llegó amaneciendo y el faro se vistió con las olas que rompían a sus pies. Se las puso a sus espaldas y lanzó su luz al cielo para perderse entre las estrellas, mientras que una de ellas hizo un giño, moviendo su luz de lado a lado.

Ixio, cansado, se sentó en una roca y lloró sin llorar, lloró sin lagrimas por que el viento no dejaba que fueran. Y cuando por fin una lagrima alcanzó el suelo, el cielo se echó a llover y el mar se echó a gritar y a los acantilados llegaron los habitantes condenados a caminar; esa gente con sombra de viento. Bajo el faro y la luna salio. Ixio corrió a la orilla del mar, buscó su barco hecho de ideas y cabos sueltos, lo empujó mar adentro y se fue y se echo a dormir, pensando que, siempre que uno se echa a dormir, pasa la tormenta.

En mitad de la noche una ola saltó a su barco y lo abrazó y la ola le preguntó de donde venía y si sabia a donde iban a parar todas las olas del mundo. Ixio le contó su historia, diciéndole que era lo único que él sabía. La ola, con su lomo azul plateado se arrojó al mar y antes de echarse a cabalgar sin rumbo le lanzó una caricia que dejó la cara redonda y pecosa de Ixio sembrada de gotas de mar.

Y una brisa en forma de sueño lo arrastró dulcemente, mientras las primeras luces del día se sacudían del lomo las estrellas.

2 comments so far

  1. Enrique on

    Muy bueno, pibe! Recién hoy lo leo! Ya lo compartiste con tus amigos de vela? A tu viejo seguro le encantaría.
    Abrazo!

  2. xandetraba on

    Muy, muy bonito, el sueño, ramón, al final todos somos más agua que otra cosa y por ende más sal y más sueños y por encima de todo capaces de los mas grandes sueños singladuras..


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