“Feijoada” y las bananas “mazà”

El Hotel Renaissance – que a los brazucas les encanta pronunciar por qué tiene toda su fonética – en la zona bien de Sao Paolo, tiene en su fachada los colores intensos de la serpiente de coral y su lobby huele a perfumería de pueblo.

Desde la habitación 1609 se ve Sao Paolo, hoy encapotado, como A Coruña un día de invierno con la lluvia desbocada invadiendo la ciudad.

Desde la cama pienso sin pensarlo que hoy es un día magnífico para un cocido gallego con familia y amigos. Algo de morriña va encápsulada.

Quizá mi temple se deba a que hoy Domingo es día de “feixoada” en Brazil. El festín gastronómico será en “O Figueira”, dicen que un buen y conocido restaurante, cercano al Renaissance, en el que una exuberante higuera domina el centro del espacio. La feixoada es, de alguna forma, un plato primo-lejano al cocido gallego: un cocido, de “porco”, que se toma en dos tiempos y que reune a familia y amigos en buenas ocasiones.

Probé la feixoada. Una maravilla. Mejor el cocido gallego, claro.

O galego e unha xoia, aquí me muevo como en casa. Llevo una semana y mi impresión es que los entiendo caralludamente. Todos son un poco gallegos.

Ayer estuve en Rio de Janeiro. Estuve sin la conciencia de estar por qué no toque el mar, sólo lo pude oler. No vi el Pan de Azúcar a lo lejos, ni tampoco el Corcovado. Volé a Rio para visitar una planta de mantenimiento y reparación de turbinas de avión que tiene la empresa para la que trabajo. La planta está instalada en la simpática ciudad de Petropolis, a una hora en coche de Rio y rodeada de una sierra verde y accidentada, que quiere ser jungla.

Petropolis tiene monarquía, en desuso y nada querida, pero la tiene. Los oriundos (¿petropolitanos?) se quejan de ello en cuanto presumen del lugar. Dicen que tal familia, descendiente de los heraldos portugueses, siguen aparentemente cobrando un impuesto del 2% sobre cualquier gestión inmobiliaria que en aquellas lindes se haga y, lo que es peor, “nunca hacen nada por el bien del pueblo de Petropolis”, tal y como me decía uno de mis colegas de la planta. “Eso sí, les encanta salir en la foto”. La gente de Petrópolis está molesta. Indignación total.

Por increíble que parezca, esta “petropolis”, que se extiende rodeada de verde, abrazada a una cañada, “en su vida” supo de horizontalidad. Está llena de casonas de lujo y palacetes de antaño. Los ricos de Rio todavía lo frecuentan como lugar de asueto y, al parecer, sus antecedentes monárquicos generan mucho atractivo en los círculos de “pudientes” veraneantes.

La visita se hizo rápida, y ya de regreso a Rio paramos a medio camino en un puesto de carretera para refrescarnos con las vistas, un agua de coco recién cortado y un par de “bananas mazá”, plátanos de pequeño tamaño y cargados con un descarado sabor a manzana. Me acuerdo que a Juancho le habían encantado en aquel viaje que hizo a Venezuela con Pardal, el mítico Pardal.

El puesto de fruta no eran más que cuatro maderas viejas y mal clavadas, al borde de la carretera, sobre las que se apilaban montones de formas y olores frutales, racimos y ramos, escoltados por una nube de moscos e insectos, vecinos incondicionales del lugar. La señora que regentaba el puesto de fruta, una abuela arrugada, de baja estatura y con cara de santa, era la mismísima representación del espíritu del lugar. Nos apeamos del coche acompañados de esa inequívoca aurea de extranjeros. Éramos las únicas almas en el lugar. Nuestro colega “brazuca” le pidió, en un portugués sedoso, las aguas de coco frescas a las que les dimos propósito mientras disfrutábamos en silencio el paisaje de selva que se abría a la vista y se perdía en un fondo verde. Recuerdo el perfil de uno de los cerros que irrumpía en el horizonte; tenía la evidente forma de una aleta de tiburón.

Nos disponíamos a subir al coche cuando la señora se acercó a mi, extendiendo el brazo para darme un racimo de bananas-mazá. Se había dado cuenta que habían llamado mi atención. Le dije “obrigado”, sorprendido por la sencillez de su espíritu. Nos despidió, sonriente, mientras una oxidada radio rellenaba el sonido desde el fondo de su puesto de fruta.

Pocas horas después estábamos de vuelta en Sao Paolo, cenando en el restaurante del Fasano, una pequeña joya de hotel, que si fuera persona sería Al Capone, en la película Los Intocables, y del que ya me había hablado maravillas mi buen amigo Johny Palloza. En el Fasano se cena muy caro, meca de la novel cuissine brazuca, del diseño clásico y referencia de los classy, pero en donde, a pesar de tanto, no tienen bananas mazá y las sonrisas no saben igual.

Beijos y guaraná!

Fuck for forest

2 comments so far

  1. Enrique on

    Muy buena la historia! Que sigan!!!!!!
    Abrazo!

  2. xandetraba on

    Me trae el inconfundible paladar de las bananas-mazÁ y con ello la exhuberancia de paises y gentes singulares y or supuesto me lleva a la imagen de mi recordado amigo Ramón Pardal que nos hacía ver los pequeños detalles de tan gran Pias como es Venezuela.


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