El sueño invertido

Ya lo decía el pésimo poeta uruguayo de cuyo nombre no debo acordarme..”al cuerpo y mente hay que castigarlos”.

El negro camino de acceso al campo de batalla despedía un fétido olor a victoria. Me temía lo peor.
Justo cuando por primera vez competía en una de mis especialidades, el futbol, a algún gracioso con poder y autoridad se le había ocurrido invertir las normas y reglas básicas, es decir, ahora todo se valía, cualquier artimaña, cualquier truco o trampa valdría para perder el partido…. cuanto antes mejor.

Cerca del panteón de los malos recuerdos, sobre la lápida de las lamentaciones, mismo lugar donde se disputaría el encuentro, pude distinguir la pesimista, pero siempre atractiva, figura de la Madrina del Lamento. Allí, ella y su humanidad se esforzaban a regañadientes por transmitir a todos los depresivos asistentes al patético encuentro, un mensaje tan _______ como ilegible. Cerveza y cigarro en mano, erguida sobre la escalera, obligado acceso al campo de batalla, su cuello se inflaba de sangre al emitir innumerables improperios finmundistas, pro-corruptivos y anti-deportivos. La escasa pero bien jodida multitud aguantaba la paliza verbal como auténticos gladiadores del desastre y el pesimismo.

No me extrañó ver la NO discreta figura del organizador, Tachinta, contanto, en una esquina del panteón, los billetes recaudados, chorreantes de la sangre que una vez perteneció a la anémica moral que se paseaba en los aledaños.

En esa noche, gélida y lluviosa, mientras los truenos rumiaban sollozos, como rémoras del desastre, el propio Tachinta obligaba el comienzo del torneo.

Violencia, apodo del esférico obligada a iniciar lamentable festín, rodó por el negro campo mientras los primeros contrincantes se lanzaban cualquier cantidad de insultos y amenazas: “Buena suerte…” “Ala, campeones, a ganar!!!”, atándose amuletos del mal augurio y hasta insinuando, descarados, fuertes cantidades de dinero para que el contrincante se dejara perder. Pero la infalible Madrina del evento lo controlaba todo; cualquier buen gesto o intención, cualquier sinónimo del buen-hacer inmediatamente era guillotinado por su agria autoridad.

Faltas de todo tipo, augurios implorando que la buena suerte visitara al enemigo, hemorragias de lamentos, huesos rotos y ese olor a derrota masticada, comparsa de todos y cada uno de los minutos y jugadas que desdibujaron el des-encuentro.

La decadencia y desorganización llegó a su climax cuando lamentablemente dos de los menos favoritos coronaron el título rompiendo además un record de derrotas consecutivas que ni siquiera el propio Tachinta jamás había logrado.

Misteriosamente, un día después y cuando quise comentar con euforia lo patético del encuentro, nadie parecía recordar nada. Como si nada hubiera pasado, el cielo del lugar pintaba anómalamente un azul fresco e intenso. El que había sido campo de batalla lucía ahora verde, fresco, ensartado de olor a flores cursis. Una inegable sensación de optimismo flotaba en el ambiente.

Sentado al borde de uno de esos manantiales de color, me encontré al Tachinta remojando las pies en el río.
– “Ta”….mi cordial pésame por el patético desencuentro de ayer!
Alterado, sorprendido, me respondió:
– ¿Desencuentro de ayer? ¿Dooonde? ¿Cuaaaando? ¿De qué me hablás??!!

Lo miré consternado y confundido. Me di la vuelta y me fui caminando, deshaciendo. En el último instante me giré para echar un vistazo. Me pareció ver la figura de roja de un filatrón con alas que lanzándome un insolente guiño, se escondía en la deshidratada melena de Tachinta; quien, inesperadamente se giró, lanzándome una esperpéntica sonrisa alumbrada por un destello emitido por su colmillo.

Pensé que quizá se trataba de un mal sueño.

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